ARQUITECTURA
DONATO BRAMANTE.- Formado en Urbino y Milán (donde comparte estudios con Leonardo da Vinci), hará sus mejores obras para la ciudad de Roma. Antes de llegar a esta ciudad, diseñó iglesias como Santa María presso San Satiro y Santa Maria delle Grazie, mostrando su preferencia por la planta central y la cúpula. Ya en Roma, la visión directa de las ruinas antiguas influye en este arquitecto para realizar edificios de factura clásica, greco-romana.
El templete de San Pietro in Montorio (1502), construido en Roma, es una de las mejores expresiones del orden renacentista en la arquitectura. Es una iglesia de planta central inspirada en gran medida en los templos circulares de la antigüedad dedicados a dioses paganos, aunque también pudo tener en cuenta los martyria paleocristianos (mausoleos de planta central construidos para conmemorar la muerte de un santo mártir). El templete se sitúa en el lugar donde se cree que el apóstol San Pedro fue crucificado. El piso inferior presenta un peristilo circular de 16 columnas de orden toscano, que sostienen un entablamento de tipo dórico, con triglifos y metopas (con bajorrelieves alusivos al martirio del apóstol). Al igual que los antiguos templos griegos (los tholos de Epidauro y Delfos) y romanos (templos de Vesta y la Sibila), San Pietro in Montorio cuenta con una pequeña cella, con espacio sólo para albergar un oficiante y algunos acólitos en actos litúrgicos, mientras que el resto de la comunidad debe situarse en el exterior del edificio, en el patio que completa este conjunto arquitectónico. El simbolismo cósmico de la divinidad se completa con una cúpula que cubre este espacio sagrado. Con esta obra, Bramante establece el estilo clásico, de claras proporciones y noble sencillez (armonía del conjunto), seguido por el resto de arquitectos renacentistas del siglo XVI. Un ejemplo es la iglesia de Santa Maria della Consolazione (1508), construida en las afueras de Roma, de planta centralizada de cruz griega, con una elegante cúpula central que reposa sobre las bóvedas (de cuarto de esfera) de los cuatro ábsides, formando en el exterior un sencillo y magnífico diseño de volúmenes puros, y un interior con un gran espacio aéreo, que invita a dirigir la vista a las alturas, inundadas por la luz que penetra por las aberturas del tambor y de la linterna de la cúpula.
La proyecto más ambicioso de Bramante fue la basílica de San Pedro del Vaticano, cuando el papa Julio II se empeñó en demoler la antigua basílica, muy deteriorada, y construir otra de nueva planta. El diseño de Bramante trazaba una planta de cruz griega circunscrita en un cuadrado (los brazos de la cruz sobresalían un poco por los lados del cuadrado). Los espacios de primer orden eran el crucero y las cuatro naves transversales; los espacios secundarios, en los ángulos exteriores, dadas las enormes dimensiones del edificio, se convierten en iglesias laterales, dispuestas en torno al crucero. Bramante convirtió a los pilares maestros en piezas centrales del edificio, y tienen que ser muy sólidos para sustentar la gran cúpula. En 1514, cuando murió Bramante, se habían levantado los cuatro pilares principales, así como los arcos y pechinas, que alcanzan los 60 metros de altura; sobre esta estructura se elevaría una cúpula de unos 40 metros de diámetro (pero de esto ya tendría que encargarse Miguel Ángel). Rafael Sanzio revisó el diseño para a cambiar la planta a cruz latina, pero la crisis política de la Iglesia católica, la carencia de fondos y las cambiantes ideas de los sucesivos arquitectos provocaron una gran lentitud en las obras, hasta que en 1546, el anciano Miguel Ángel tomó la dirección dando preferencia al diseño de cruz griega, hasta su muerte en 1564, cuando ya se había construido hasta el tambor de la cúpula. Giacomo della Porta se encargó de la construcción de la cúpula y la linterna (terminada en 1585) a partir de maquetas dejadas por Miguel Ángel.
Puede verse que respetó en gran medida el proyecto original de Bramante de templo centralizado, pero con una sola entrada (y no cuatro), y una gran cúpula central de 42 metros (cuyo peso equilibran cuatro cúpulas menores). En los imponentes ábsides, Miguel Angel emplea parejas de pilastras de orden gigante, que encierran ventanales de dos y tres pisos. En el exterior destacará el casquete peraltado de la cúpula, culmen y remate desde entonces para todo el orbe católico. Posteriormente, a principios del siglo XVII (en un período barroco temprano), Carlo Maderna vuelve a la planta de cruz latina, prolongando la nave y agregando una magnífica fachada porticada en el lado occidental.
MIGUEL ÁNGEL BUONARROTTI.- Además de su intervención en la basílica de San Pedro, otros trabajos arquitectónicos de Miguel Ángel son la terminación del palacio Farnesio en Roma (iniciado por Antonio Sangallo) y la escalera de la Biblioteca Laurenciana. En ambas obras civiles renacentistas se empieza a atisbar el manierismo. El palacio Farnesio, sede familiar de los poderosos Farnesio (uno de sus miembros se convirtió en papa), se plantea como una residencia urbana de planta rectangular, con patio interior. La fachada principal, muy horizontal, se estructura en tres pisos muy simples, sin apenas decoración. Cada piso presenta un tipo de ventanales diferentes; en el piso central hay un ritmo alternante de frontoncillos triangulares y curvos sobre las ventanas (para romper la monotonía). La parte superior de la fachada presenta una gran cornisa muy clásica. Más interesante es el alzado del patio interior, gracias a la alternancia de órdenes y detalles de las ventanas: piso bajo porticado, con arquerías de medio punto y columnas adosadas de orden toscano; el piso medio presenta ventanas, enmarcadas entre columnas adosadas de orden jónico, y rematadas con frontoncillos triangulares; el piso superior tiene ventanas enmarcadas por pilastras y rematadas por frontoncillos curvos.
La escalera de la Biblioteca Laurenciana (Florencia) es un encargo del papa Clemente VII (de la familia Medicis). Miguel Ángel diseña una compleja y sofisticada estructura, formada por tres escalinatas (con peldaños curvados en la central) que se encuentran en un pequeño rellano para continuar en una sola rampa.
RAFAEL SANZIO.- Aunque destaca como pintor, los papas también le encargaron trabajos arquitectónicos (intervino en el proyecto de la basílica de San Pedro y dirigió la reforma y ampliación de las estancias de los Palacios Vaticanos). Lo más original de su producción arquitectónica es la Villa Madama, palacio campestre de los Medicis en Roma. Es manierista en elementos importantes como la fachada, que se incurva en el piso inferior, contrastando con el piso superior recto; en el interior hay una original escalera en espiral. Las estancias más importantes tienen ricos suelos de mármol, columnas adosadas de órdenes clásicos y sus paredes y bóvedas están decoradas con magníficos frescos.
ANDREA PALLADIO.- Trabajará siempre en el Veneto (área de Venecia), lejos de Roma. Será el arquitecto renacentista más destacado desde mediados del siglo XVI, y el más fiel seguidor de la gran arquitectura clásica greco-romana. Es a la vez clásico y manierista, porque reproduce los elementos clásicos hasta la exageración, utilizando columnas de orden gigante y enormes frontones, en monumentales fachadas que se elevan sobre podium, como los templos romanos. Da igual si diseña iglesias, palacios, villas o edificios públicos civiles, su arquitectura en mármol excede las proporciones clásicas en pos de un colosalismo de líneas simples y claras, sin apenas decoración (tímpanos y frisos aparecen desnudos, sin relieves), exceptuando algunas estatuas de bulto redondo en mármol blanco. El resultado es grandioso, pero frío y algo monónoto.
La llamada basílica de Vicenza es en realidad un edificio público civil de época gótica, que Palladio envolvió con fachadas de mármol, con dos pisos muy horizontales y prácticamente simétricos, que desarrollan galerías de arcos de medio punto con columnas adosadas de orden gigante.
Las iglesias del Redentor y de San Jorge el Mayor en Venecia presentan fachadas de mármol con columnas y pilastras de orden gigante y frontón triangular, con elevados podiums. Además, San Jorge destaca por su enorme cúpula de media esfera coronada por un capulín (linterna).
La Villa Rotonda, es la más famosa de las mansiones residenciales diseñadas por Palladio. Edificio con un espacio central, cubierto con cúpula, inscrito en un cuadrado, y cuatro fachadas monumentales en cada uno de los lados, que reproducen en mármol y orden gigante (con capiteles jónicos) estructuras propias de los templos de la Antigüedad clásica greco-romana.
El Teatro Olímpico de Vicenza es una obra plenamente clásica. Construido totalmente en mármol, sigue el diseño de los teatros romanos, con gradas, cávea y scena, con un telón arquitectónico de fondo estructurado en tres pisos sobre podium, con columnas adosadas y hornacinas con estatuas de mármol, y abierto con un enorme arco de medio punto para dar acceso a los actores.
ESCULTURA
MIGUEL ÁNGEL.- Aunque destacó como arquitecto y pintor, Miguel Ángel mostró preferencia por la escultura. Se distinguen dos grandes etapas: 1) durante su juventud, Miguel Ángel trabajó en Florencia para los Medicis; 2) en su madurez, desarrollará todas sus obras en la ciudad de Roma, trabajando al servicio de los papas.
La Corte de los Medicis fomentó un ambiente cultural y artístico de gusto greco-romano y en cierta medida neo-pagano. Allí, Miguel Ángel produce esculturas de mármol de gran belleza estética, perfectas en su proporción y estudio de la anatomía humana, alcanzando el mejor nivel de la escultura clásica de la Antigüedad.
La primera Piedad, realizada en Florencia, es una obra clásica y serena, con una composición triangular. Es clásica no sólo por la proporción y armonía de las figuras, sino por la expresión comedida de los personajes, con un dramatismo contenido (se evita una excesiva representación del dolor). La Virgen aparece como una bella joven, y no como una envejecida madre, sosteniendo el cuerpo de su hijo. Cristo, muerto, reposa sereno, sin mostrar ninguna marca o herida, con la cabeza inclinada hacia atrás y los brazos y las piernas colgando. Miguel Ángel presta una exquisita atención a los ropajes de la Virgen, tallados con sus pliegues, así como la sutileza del paño que apenas cubre la desnudez de Cristo.
El David, es una colosal estatua de mármol de más de 4 metros de altura. Miguel Ángel plantea una iconografía heroica, un David que reflexiona y se prepara antes de lanzar la piedra a Goliat. No esculpe a un pequeño pastor armado con una honda (como sería la interpretación literal de la Biblia), sino a un héroe o dios de la mitología greco-romana desnudo, con un rostro introspectivo (como un personaje concentrado en sus pensamientos y ausente de la realidad). Este David-Apolo es muy clasicista, con una postura en ligera torsión, sin movimiento ni dinamismo. Esta figura culmina el ideal de perfección y belleza, concebido de manera intelectual.
Miguel Ángel diseñó y esculpió las figuras de las tumbas de Lorenzo y Juliano de Medicis, situadas en la sacristía privada de los Medicis en Florencia. Sobre los sarcófagos se disponen figuras alegóricas que aluden a la vida y la muerte, con estatuas masculinas y femeninas de rostro casi desfigurado y cuerpo robusto (el modelado es expresionista); la Aurora representa el amanecer, el comienzo de la vida, que sigue unas fases hasta llegar a la noche (cuya figura alegórica está acompañada por una lechuza), que simboliza el final de la vida. Las figuras femeninas de estas tumbas son tan robustas y musculosas como las masculinas (en el estilo maduro de Miguel Ángel domina la virilidad, y no hay sitio para la delicadeza femenina). En la parte superior de cada una de las dos tumbas aparece la figura los los que están enterrados allí: Lorenzo, con expresión melancólica y pensativa (se podría identificar con Saturno); Juliano, con atuendo militar, como un general romano.
Ya en Roma, Miguel Ángel inicia los trabajos de la tumba del papa Julio II. El ambicioso pontífice encargó al artista un ambicioso conjunto decorado con numerosas esculturas de mármol de temática religiosa y alegórica, con el objetivo de mostrar la grandeza de este papa después de su muerte. De todas las estatuas destaca la de Moisés, un hombre barbudo sentado, de más de dos metros, con un rostro de mirada colérica (los ojos trepanados acentúan la dureza de su mirada), ya que el patriarca está enfadado porque el pueblo de Israel ha traicionado la Ley de Dios; los cuernecillos que coronan la cabeza de Moisés representan rayos de sabiduría divina. Si no se supiera que esta estatua representa a Moisés, se podría confundir con un Júpiter pagano. Hay un término italiano para definir el gesto iracundo de este Moisés (terribilita), y algunos especialistas creen que Miguel Ángel utiliza su autorretrato para personalizar al patriarca bíblico. Otra figura del conjunto funerario es la de un esclavo, que representa las artes liberales adormecidas por la muerte del sabio papa. Julio II no se conformó con este proyecto, que fue desechado (las esculturas ya realizadas se distribuyeron por iglesias de Roma), y exigió a Miguel Ángel hacer una tumba más grandiosa. El artista evoluciona en su estilo, con una talla más expresiva, con rostros extraños, más movimiento en los musculosos cuerpos y más complicación en las composiciones. La muerte del papa Julio II supone el abandono definitivo de esta obra, por falta de financiación; varias esculturas quedan sin terminar, y llama la atención de los rostros inacabados, sin pulir, que muestran una expresión torturada.
La llamada Piedad Rondanini es la última escultura de Miguel Ángel. Este conjunto escultórico presenta una composición muy vertical, con la figura de José de Arimatea en la cúspide, sosteniendo el cuerpo de Cristo (tras ser descendido de la cruz), rodeado por la Virgen María y la Magdalena. El anciano artista pule y desgasta varias veces el mármol, logrando más expresionismo y cierta abstracción; los cuerpos parecen mezclarse unos con otros y los rostros, apenas tallados y sin definir, tienen gran fuerza dramática. En su larga vida, Miguel Ángel cambió su estilo escultórico, pasando de la perfección formal del ideal de belleza clásico en su juventud a una nueva estética manierista, menos equilibrada, más complicada y movida, expresiva... Y sin duda, lo que más llama la atención en las esculturas de Miguel Ángel es la robustez de los cuerpos, de potente musculatura. Sus estatuas son monumentales, como titanes de la mitología pagana, aunque sean de temática cristiana.
PINTURA
En el último cuarto del siglo XV, Leonardo consigue madurar las tendencias de anteriores pintores del Quattrocento (muy variadas), para obtener un gran estilo clasicista, asentado en unos principios normativos. En La Anunciación (1472-1475), con una perspectiva aérea dominante en el paisaje del fondo, ya configura algunos componentes del nuevo clasicismo.
Leonardo escribió un Tratado de Pintura que recoge sus fundamentos teóricos. Dice:
La ciencia de la pintura comprende todos los colores de la superficie y las figuras de los cuerpos que con ellos se revisten, y en su proximidad o lejanía, según proporción entre las diversas disminuciones y las diversas distancias. Esta ciencia es madre de la perspectiva, esto es, de la ciencia de las líneas de visión, ciencia que se divide en tres partes; de éstas, la primera solamente comprende la construcción lineal de los cuerpos; la segunda, la difuminación de los colores en relación a las distintas distancias y, la tercera, la pérdida de determinación de los cuerpos en relación a las diversas distancias.Otra obra que muestra la capacidad de estudio y aportación a la creación de unas normas de representación pictórica es su Anatomía, colección de dibujos del cuerpo humano realizados de una manera realista, que además sirven de punto de partida para la ciencia anatómica, por sus modelos concretos y fiables.
En La Virgen de las Rocas (Milán, 1483), el rostro de la Virgen, de delicado rostro y tierna mirada, se halla en el lugar en que se cruzan dos diagonales del rectángulo (el cuadro), formando el vértice de una pirámide (la composición se basa en una figura geométrica triangular) que acoge a las demás figuras (el Niño Jesús, San Juanito -el Bautista- y un ángel de rasgos femeninos). Los efectos y juegos de luz y de sombra, las rocas traducidas en una pantalla densa y misteriosa, el paisaje de fondo, difuminado y vaporoso, configuran un efecto espacial unitario, aéreo y envolvente. A ello contribuye el sfumato aplicado por Leonardo como recurso técnico para fundir y diluir los contornos de los rostros, traducidos en unos modelos ideales, arquetípicos y atemporales.
En La Última Cena, fresco pintado en el refectorio de Santa Maria delle Grazie en Milán, se puede seguir la evolución del sistema de composición de Leonardo. Representa el momento en que Cristo comunica a los apóstoles la traición de uno de los presentes, en vez de la habitual institución de la Eucaristía. Las palabras de Cristo, situado en el centro, de acuerdo con un esquema triangular y destacándose sobre el fondo del paisaje, provocan en los apóstoles una tensión en relación con la cual se articula la unidad psicológica del relato.
Leonardo coincidió con Bramante en Milán. Cada uno había planteado un lenguaje clásico (uno para la pintura y otro para la arquitectura), y ambos salieron de la ciudad para ir a Florencia y Roma, donde dan lugar al Pleno Renacimiento del Cinquecento.
En 1503, Leonardo pinta en Florencia el retrato de La Gioconda, que representa a Mona Lisa, esposa de Francesco del Giocondo. Proyectó un modelo de ambiguos recursos pictóricos, nada habituales en el género del retrato: rostro ligeramente ladeado (tres cuartos), con la mirada dirigida al espectador, manos reposando una sobre otra, el sfumato que disuelve los contornos de la figura con un paisaje de fondo muy difuminado.
Hay que citar la categoría de Leonardo como retratista desde su juventud, con obras como La dama del armiño, una joven de buena familia que acaricia a su blanca mascota (pequeña, pero feroz), demostrando su seguridad y fuerza de carácter, con la cabeza girada hacia un lado, con gesto serio. Aquí no hay ningún paisaje, sólo un fondo negro y neutro.
Se pueden calificar de extraños retratos inventados los lienzos en los que representa a San Juan Bautista, como un joven de enigmático rostro (sus rasgos delicados y el largísimo cabello ondulado le dotan de gran ambigüedad sexual) que surge misteriosamente, con el cuerpo casi difuminado con el tenebroso fondo negro, con un gesto de seguridad inquietante.
MIGUEL ÁNGEL.- La obra pictórica de este gran artista se resume prácticamente en los frescos de la Capilla Sixtina, ya que tuvo que repartir su tiempo con otros interminables trabajos escultóricos y arquitectónicos.
En 1508, Miguel Ángel se compromete a realizar, por encargo del papa Julio II, la decoración de la bóveda de la Capilla Sixtina. A pesar de la envergadura de la obra, ya estaba terminada en 1512, para constituir la obra cumbre del clasicismo renacentista en Roma, aunque rompiendo a la vez con algunas de las normas del clasicismo (aplicación de orden lógico, composición geométrica cerrada, etc.).
En la Capilla Sixtina ya existían una serie de frescos en los muros realizados por diferentes artistas en el siglo XV, que se distribuían en marcos rectangulares trazados en los muros, como si fueran cuadros. Miguel Ángel renueva las técnicas de pintura al fresco, modificando el aspecto de la arquitectura con tramos de bóveda fingidas (que parecen continuación de la bóveda auténtica) y otros elementos como arcos, además de pintar estatuas sobre pedestales como si fueran decoraciones escultóricas, y no pictóricas. De esta manera, las distintas escenas se integran en una arquitectura fingida, y no en recuadros, aunque si hay abundantes compartimentaciones en forma de lunetos.
Llama la atención el paganismo intenso de muchas de las figuras, prácticamente desnudos mitológicos, aunque esto entra en la política artística de Julio II.
En los espacios comprendidos entre los arcos fajones se desarrollan representaciones desde la Creación a Moisés. Entre otros temas, aparecen La creación de Adán, La creación de Eva, El pecado original, El diluvio universal, etc. La figura de Adán es un ejemplo muy expresivo de la interrelación que existe entre las obras de pintura y escultura de Miguel Ángel; la figura transmite una sensación de movimiento, creando un efecto de tensión en contraposición con la figura de Dios Todopoderoso.
En los lunetos y triángulos hay una serie con los antepasados de Cristo y la Humanidad afligida en espera de la Redención, y, alternando con ellos, siete Profetas y cinco Sibilas, concebidos a una mayor escala que el resto de las figuras de la decoración, cuya escala aumenta progresivamente desde la entrada hacia el altar, siguiendo una perspectiva invertida.
El programa decorativo abarca, en resumen temas del Antiguo y el Nuevo Testamento, para culminar en el testero del fondo de la Capilla con la escena del Juicio Final, dominada por la figura de un imponente Cristo Juez, resucitado, como un titán musculoso y desnudo, parecido a un poderoso dios de la mitología greco-romana, que no recuerda en nada a las iconografías habituales de Cristo.
El estilo miguelangelesco se caracteriza por la robustez de la anatomía de sus figuras, mostrando la preferencia escultórica del artista (están tratadas como esculturas de mármol). Se diría que son desproporcionadamente fuertes y musculosas (sobrepasan el canon del equilibrio clasicista), y su influencia en pintores posteriores da lugar al manierismo, tendencia dominante en Roma hasta finales del siglo XVI.
RAFAEL SANZIO.- Este artista destacó por sus trabajos al servicio de los papas en Roma, en la misma época de Miguel Ángel. Junto a él es el mayor pintor del Cinquecento romano. Formado como discípulo de Perugino, el joven Rafael aplica las normas clasicistas de composición ordenada y simétrica, dibujo bien definido, volúmenes marcados y perspectiva lineal. Un ejemplo de esta época es el cuadro Los desposorios de la Virgen.
Ya como pintor oficial del papado, Rafael no sólo pintó temas religiosos (son características sus Madonnas, representaciones de la Virgen con el Niño), también mitológicos (incluyendo desnudos); fue un magnífico retratista (de personajes eclesiásticos y civiles). Su estilo es más equilibrado que el de Miguel Ángel, con figuras menos musculosas, tendiendo a la mesura.
En las Estancias de los Palacios Vaticanos, Rafael pinta unos frescos que desarrollan la doctrina renacentista que combina el cristianismo y la cultura clásica (1509-1517). La escena más famosa es La Academia de Atenas, tema que ensalza la noción de Verdad, encarnada en los sabios de la Antigüedad griega. Rafael concibe un espacio arquitectónico ideal (construcciones de mármol, con una magnífico arco decorado con grecas, pilastras y bóvedas con casetones), donde se disponen los principales filósofos y sabios atenienses, como representación simbólica de un Templo de la Sabiduría, en un tiempo en el que se está construyendo la basílica de San Pedro por orden del papa Julio II. Para configurar los rostros de sus personajes, Rafael retrata a los principales artistas contemporáneos: Platón, que aparece junto a Aristóteles en el centro de la composición, se basa en Leonardo da Vinci; Euclides es Bramante, y Heráclito es Miguel Ángel. Así se afirma la correspondencia entre el pasado clásico y el presente artístico y cultural, donde el papa Julio II aparece como un nuevo César cristiano.
Rafael muestra su capacidad para expresar dramatismo en el fresco del Incendio del Borgo. Rafael es capaz de cambiar el registro pictórico, dentro del clasicismo, según la temática: La Galatea, es su fresco mitológico más conocido, una composición de desnudos en un escena marina, donde se disponen seres híbridos parecidos a faunos y centauros (con una musculatura marcada que recuerda la influencia de Miguel Ángel), y animales, rodeando la figura central, una bella joven como la diosa Venus sobre una concha, que actúa como una carreta tirada por delfines, mientras del cielo descienden unos amorcillos, cuyas figuras forman un triángulo perfecto, apuntando con sus flechas.
Donde Rafael se muestra más tierno y dulce es en sus numerosas representaciones de la Virgen con el Niño, que han sido copiadas por muchos pintores hasta la actualidad, al igual que sus angelitos. La Bella Jardinera es una escena campestre serena y equilibrada, con la Virgen sencillamente vestida, como una joven madre de la época, rubia y de piel blanca, formando el vértice superior de una composición triangular completada por las figuras del Niño Jesús y San Juanito (el Evangelista), dos dulces niños rubios (Jesús aparece totalmente desnudo como un angelito). Los personajes se comunican a través de sus miradas. La mayoría de las veces sólo aparecen la Madonna (la Virgen) con el Niño Jesús en brazos, en primer plano, sobresaliendo sobre un fondo neutro, con una leve sonrisa y ojos melancólicos.
Rafael es más moderno en los retratos. En el Retrato de Cardenal, presta una atención al personaje que se sale del clasicismo tradicional, resaltando las cualidades psicológicas por la expresión de la mirada y los labios firmes en un rostro inquietante, que parece dirigirse directamente al espectador. Destaca, además, la calidad y el brillo de las telas del ropaje cardenalicio. Otro retrato de calidad es el de Baltasar de Castiglione, humanista de la época.
Pero el retrato más célebre de Rafael es el de La Fornarina, que se llamaba en realidad Margarita Luti, amante del pintor; la joven aparece posando prácticamente desnuda (con una pequeña tela transparente), descubriendo el pecho como una Venus contemporánea que mira deliberadamente al retratista o al espectador con ojos confiados. Es una representación de la belleza y el erotismo basada en un modelo natural, ligeramente idealizado.
LA ESCUELA VENECIANA.- La pintura veneciana del siglo XVI rivaliza con la romana de la misma época. Desde el segundo cuarto del siglo, la rica ciudad de Venecia va a producir unos artistas impresionantes por su capacidad de dotar a la pintura renacentista italiana de la fuerza de los colores, el contraste del claroscuro más violento, la carnalidad más sensual… La realidad de la República de Venecia es la de una rica sociedad de comerciantes y hombres de negocios que gusta del lujo, acentuado por la influencia de los pueblos orientales con los que comercian.
Los temas de la pintura veneciana van a ser de lo más variados: religiosos, mitológicos y eróticos, alegóricos, paisajes y retratos.
A principios del siglo XVI destaca GIORGIONE, que muere joven, pero inicia el estilo veneciano. El concierto campestre y La tempestad son dos composiciones donde el paisaje toma protagonismo: las figuras femeninas desnudas aparecen en un medio natural de hierba, árboles y cielos nublados, con un potente uso del claroscuro y de los colores, contrastando los fríos tonos azules con los cálidos ocres y rojizos.
TIZIANO va a ser el más determinante de los pintores venecianos. De larga vida, llegará a ser pintor oficial de Carlos V y de Felipe II de España, por lo que tendrá que realizar retratos de estos monarcas, sus familias y otros personajes de la Corte (retrato ecuestre de Carlos V en la batalla de Mulhberg, Isabel de Portugal, Felipe II, etc.). En estas obras, el pintor pinta con un estilo oficialista, serio y ostentoso, donde los personajes tienen una expresión lejana, ataviados con sus ricos trajes.
Tiziano realizará encargos religiosos, como Adán y Eva, pero incluso en estos temas destacará por el desnudo de tipo mitológico, por una estética pagana y carnal cada vez más naturalista que muestra cuerpos de hombres y mujeres de gran belleza y erotismo. En La Bacanal, Danae y la lluvia dorada, Venus y Marte, Venus y Cupido, Venus y Adonis, Tiziano representa el triunfo del Amor profano, de un sexo hermoso, que expresa un sentido de goce de los sentidos y de disfrute de los placeres de la vida, en un gusto acorde con el espíritu de los venecianos. La Venus de Urbino es la culminación de la representación de la belleza femenina, una mujer desnuda que posa sin pudor sobre su cama acompañada de su perrito faldero, mientras al fondo aparecen las figuras anecdóticas de sus criadas y una ventana abierta marca la profundidad de la perspectiva.
Tiziano también realizará una serie de pinturas alegóricas, siempre con una estética erótica llena de jóvenes mujeres rubias y sensuales carnes, que representan el Amor, la Música, etc.
TINTORETTO y VERONÉS serán los más destacados seguidores del estilo de Tiziano, dominadores del paisajismo natural y también del urbano, del desnudo mitológico y alegórico (Marte y Venus unidos por el Amor, Marte y Venus descubiertos por Vulcano, Danae y la lluvia dorada, alegoría de la música, etc.), y por supuesto de escenas religiosas donde Jesucristo es el máximo protagonista. Ambos repiten temas como El bautismo de Cristo, con una composición muy similar (Cristo es bautizado por Juan el Bautista en un río, con un hermoso bosque de fondo). Tintoretto desarrolla compasiones abiertas diagonales, anticlásicas, con multitud de figuras de gran movimiento (escorzo), logrando una gran profundidad en sus perspectivas, también volumen por el contraste de luz y color sobre fondos oscuros (Cristo en casa de Marta y María, El Milagro, La Última Cena); en otras obras, como Susana y los Viejos, se muestra un estilo más íntimo y recogido. De los temas religiosos de Veronés llaman la atención las composiciones con decenas de figuras que se disponen en espacios urbanos ideales, una rica Venecia construida con ricos mármoles (con columnas, arcos y balaustradas de gran clasicismo) que sirve de escenario a todo un catálogo de lujo en el vestuario de los personajes, objetos, viandas y detalles ricamente detallados, con audaces perspectivas (dominio de la profundidad); destacan obras como Jesús en casa de Leví y Las bodas de Canaán.